El Coleccionista de Charcos
 
El Coleccionista de Charcos
Nemh-o

Pesadilla
Poemas de desamor
El Coleccionista de Charcos
 
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En estas páginas podrás leer mis cosas, buenas y malas,alegres y tristes, tranquilas o enfadadas. No me juzgues. Solo soy un humano que escribe con tinta, lo que lloran los ojos de ésta vida que paso.
 
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ATRAPADO EN UNA PESADILLA

El tiempo pasa tan rápido que parece que tiene prisa por llegar algún lado y hoy, más que nunca, necesito que todo sea más pausado y que llegue, de una vez, ese maldito autobús. Voy a llegar tarde, muy tarde. Mejor dicho, no voy a llegar nunca a una cita a la que nunca me tenía que haber prestado. Eso ya no tiene remedio. Miro el reloj. Han pasado cinco minutos. Cinco minutos después vuelvo ha mirarlo y en la carretera no hay señal de dos faros que iluminen el asfalto en esta noche tan negra.

Hace frío y empiezo a estar nervioso. Me siento sobre el banco de madera que hay bajo la marquesina del bus, intentando resguardarme del aire gélido de la noche. Por las prisas, no me he vestido con la ropa apropiada para esta época del año y estoy empezando a temblar. Los nervios ya no me dejan estar tranquilo y pies y manos empiezan a bailar una danza que termina por ponerme en pie para caminar, alejándome unos metros para regresar al principio, como si estuviese atado por una cadena invisible a aquella caseta de plástico. Vuelvo a mirar el reloj. Que raro es todo. Tengo la extraña sensación de haber vivido antes, este momento.

Ni un alma a mí alrededor, ni un maldito coche que poder parar para pedirle ayuda. Miro a los edificios que tengo a las espaldas. Ni una sola luz brilla a través de unas ventanas que, como ojos vacíos, me miran sin cesar. Solo la tenue luz de unas pequeñas farolas rompe el lúgubre manto de la noche. Únicamente el silbido del viento y leves murmullos osan romper el silencio que envuelve todo el lugar. ¿Seré el único habitante de la tierra?. Si me muriese ahora mismo, nadie vendría a auxiliarme. Vuelvo a mirar el reloj para ver que solo faltan cinco minutos para la hora señalada y todavía estoy en el principio de un viaje que nunca va ha comenzar.

Algo frío me moja la cara. Esta empezando a llover. - ¡Vaya, solo faltaba esto! - Recorro la marquesina como un preso atrapado en una diminuta celda. Tres paso arriba y tres pasos abajo, intentando calmar la presión tan insistente que comienzo a sentir en la vejiga. Miles de furiosas manos la están estrujando con la intención de hacer más insoportable esta espera. Ahora, tengo que buscar un sitio donde desahogarme. A través de la oscuridad intento vislumbrar algún recodo en el edificio que tengo a mis espaldas. ¡Vaya!, parece que a unos metros hay un pequeño callejón y encamino mis pasos hacía la negra boca que forma la entrada. El miedo paraliza pies y mente y aunque hace un frío que corta la piel, estoy sudando. Solo puedo dar un paso para adentrarme en la sombría fachada. Ya no puedo más. Arrimándome a la pared me dispongo a vaciar mis doloridas entrañas. Unas inoportunas luces amarillas iluminan la carretera.

No puedo perderlo. -¡Eh, espera!-. El vehículo no se ha detenido y comienzo a correr detrás de él pero, aterrorizado, compruebo que soy incapaz de moverme del sitio. El transporte se aleja cada vez más. El conductor de un autobús sin pasaje, no me ha visto y pasando de largo va imprimiendo más velocidad. Agitando los brazos, vocifero con desesperación. No me oye y lentamente va desapareciendo tragado por el negro de la noche. Tengo que serenarme y deteniéndome para recuperar el aliento, intento retomar el control de la situación.

Estoy agotado. Me falta el aire y mi pecho se agita como si me fuesen a estallar los pulmones. Ya no me aprieta la necesidad. En su lugar, un calor húmedo va extendiéndose, empapando pantalones y piernas. Hoy a sido un mal día y seguro que todavía no ha terminado. Acompañado por la desesperación, me vuelvo a sentar sobre el banco de la marquesina. Recostando la cabeza sobre el frío plástico que forma sus paredes, cierro los ojos. -¡Ahora sí que todo está perdido!-.

- ¡BZZZZZZZ! ¡BZZZZZZZ! –

Sobresaltado abro los ojos y reconozco el sonido del despertador. Estoy tumbado en algún sito, meado y nervioso. Instintivamente extiendo la mano hacia donde se supone que está la mesilla que amuebla mi habitación. La toco. Está aquí. Tanteando en la oscuridad, intento dar con el interruptor de la pequeña lampara que hay sobre ella. - ¡Por fin algo de luz! -. Un hondo suspiro sale de lo más profundo de mis entrañas al comprobar que estoy en mi habitación y sobre mi cama. Miro la hora que marca el despertador. Todavía es pronto. Los nervios de afrontar mi primer día de trabajo y el miedo a llegar tarde, me despiertan continuamente. Mejor será que me tranquilice e intente dormir un poco. Solo ha sido una maldita pesadilla.

Volviendo a apagar la luz, cierro los ojos dejando que el sueño vuelva a apoderarse de mi ser y ...........

............ vuelvo a mirar el reloj. El tiempo pasa tan rápido que parece que tiene prisa por llegar algún lado y hoy, más que nunca, necesito que todo sea más pausado y que llegue, de una vez, ese maldito autobús. Voy a llegar tarde, muy tarde. Mejor dicho, no voy a llegar nunca a una cita a la que nunca me tenía que haber prestado. Eso ya no tiene remedio. Miro el reloj. Han pasado cinco minutos. Cinco minutos después vuelvo ha mirarlo y en la carretera no hay señal de dos faros que iluminen el asfalto en esta noche tan negra...................
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